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sábado, 18 de mayo de 2013

A solas con Federico

Federico, mi querido Federico, que has capturado mi sueño en el vacío de la noche. Todavía suena el tranvía del tiempo, en tus manos de cobre y canela. Yo soy un guijarro del camino, donde se posa la madreselva para cubrir mis heridas. Mi Federico, con ojos de carbón quemado y lagrimas de cartón, hemos perdido el cantar de los pájaros, cuando abrimos la ventana del pasado y el viento no soplaba. Aún tengo tiempo de perderme entre tus dedos y no dejar escapar la vida. Fuguémonos Federico, donde no se llore y podamos construir la catedral de la infancia, con nuestra memoria, con esa arena que cubría nuestros cuerpos. Eres tú Federico el que camina con mi sombra cuando estoy acabada, eres tú el que llamas a mi puerta y dejas que suene el violín olvidado, el que recibe mi cuerpo de cristal y haces flores para vivir de nuevo. Federico, a solas contigo, es una conquista...
 
Raquel Viejobueno


Federico, mi querido Federico, no te dije que he mudado de alma y ahora camino sin rumbo. Te fuiste y las amapolas han llorado en el bosque que dibujamos en la habitación. No tengo abrigo para este frío, ni ganas de seguir. Sopla tu llanto entre mi cuello, sobre mis manos arrebatadas de ausencias. No he aprendido a vivir sin susurrar tu nombre, ni perdonar a la vida. Querido Federico, ya no puedo escribir tus lejanías en tus ojos, ni acariciar el manto de tu llanto. Ven a morir reviviendo en mi regazo, en el dormir estático de un sueño.
No quiero vivir Federico, no sin poder escribirte y decirte que las imágenes del sillón se burlan de mí, y hay cascabeles en mis manos.
Llévame, Federico, donde no recuerde y seamos sámara que acaricie el viento, juntos, en otro mundo, en otro mar, en otro instante.
Federico, me moriré rozando tu pelo de seda y tu sonrisa de aromas. 

 Raquel Viejobueno


Sé Federico que estás muriendo, entre las calles de los años. Sé que nunca recobraré los días que pasaron por mi piel, y sé que no encontraré tus huellas.
Que alguien me lleve a la alameda donde dejemos tatuado el cantar de los ojos. Mi pluma está de luto Federico. Moriré esta noche, sin recordar que tengo que vivir mañana.

Raquel Viejobueno

 


sábado, 4 de mayo de 2013

Luna de miel triunfal


 


Cuando después de la ceremonia y del banquete efectuamos nuestra entrada en el apartamento, iniciando así nuestra luna de miel, tropecé con el vestido de mi mujer, causando una caída tremenda, la cual nos transporto a los dos al fondo del salón, donde quedamos tendidos en el suelo, yo boca abajo, junto a un bulto blanco de tela sedosa, donde no podía localizar a mi mujer por ninguna parte. Tan sólo oía unos gemidos de dolor que procedían del fondo de aquella montaña de seda y tul.

Intenté incorporarme, pero mi zapato de charol brillante, ensuciado suavemente por gotas de champaña, se había enganchado con la alfombra de la tía de mi mujer. ¡Un gran comienzo!, pensé.

Poco a poco aquella montaña indescriptible de tela fue cogiendo forma humana y en algunos minutos pude ver a Gloria sentada en el suelo con las piernas abiertas y con todo su pelo tapándola la cara .Ahora ya no oía gemidos, sino insultos al viento que todos tropezaban sobre mí, causándome una sensación de inutilidad inmensa.

Gloria se levantó lentamente colocándose el vestido para no volver a tropezar, mientras tanto yo continuaba tendido en el suelo, observando la gran entrada triunfal de nuestra luna de miel.

Nuestro acogedor apartamento había quedado muy bonito. Quizá algo pequeño, aunque para dos personas no es necesario mucho espacio. Con veintidós metros cuadrados tenemos suficiente, pensaba, y lo pienso ahora después de diez años de matrimonio. Todo sigue igual, nada a cambiado, incluso esta mañana cuando entraba por la puerta, tropecé con la alfombra de la tía Raimunda, transportándome al fondo del apartamento, boca abajo, como hace exactamente diez años. Lo único novedoso era que no veía la montaña de seda y tul junto a mí, pero si observaba a mi mujer sentada en el sillón con cara  violenta, con sesenta kilos de más gritándome que era un inútil. Tampoco llevaba zapatos de charol, sino unas alpargatas de esparto las cuales hacían ampollas en los pies. Pero sin embargo con la experiencia aprendí a despreocuparme de los problemas o por lo menos a que no causaran consecuencias muy graves, así pues también observaba el pedazo de espuma pegado a la pared, colocado hace muchos años, para amortiguar el golpe, cada vez que entraba a mi acogedor apartamento.

Realmente si mi recuerdo comienza a despertar, deduzco que yo era un hombre feliz antes de casarme con Gloria. Era feliz con mi trabajo de representante de lencería. Era feliz paseando los domingos por el parque. Era feliz imaginando que cuando llegase mi hora de contraer matrimonio sería un hombre afortunado. En aquel entonces observaba a Gloria, hermosa, siempre coqueta, siempre arreglada y empaquetada en aquellos vestidos ceñidos al cuerpo. Ahora después de diez años, la observo inquieto, y cada tarde al llegar del trabajo tropiezo con la alfombra de tía Raimunda, que ocupa todo el pequeña salón. ¡Qué gran alfombra!. Pero mi vista tropieza con los centenares de rulos que porta el pelo de mi mujer, y tropieza mi ansiedad con los 120 kilos de una persona muy distinta, tan distinta que en ocasiones dudo si la conozco de algo. Pero sin embargo todavía continúa reprochándome la misma entrada triunfal de todos los días, al llegar del trabajo.

Con todas estas circunstancias, tan sólo mi mente podía pensar en aspirar a una separación, por supuesto no dolorosa, pero siempre una separación. Sería un final y como todos los finales llenos de tristeza. Quizá por la perdida de tiempo, o quizá por tantas ilusiones y esperanzas ahogadas en un mar turbulento. Pero no podía acostumbrarme a pensar que durante toda mi vida tropezaría con la misma alfombra, observaría no aquella montaña de seda, sino de desilusiones que acorralaban mi corazón.

Así pues, después de armarme de valor, la separación se llevo a cabo, fue un torbellino pero después de todo lo mejor. Yo me quedé con nuestro apartamento y Gloria se fue a vivir con la tía Raimunda y por supuesto con al gran alfombra.

Ahora cada día que llego del trabajo entro en casa sin tropezar con nada, como si fuera flotando en el aire y la vida me ha cambiado. Llego ansioso por coger el teléfono cada vez que Marta me llama. Una mujer excelente, quizá llegue a terminar todo bien con ella, como esa historia de amor soñada que hace años recreaba en mi mente. Lo único que me preocupa es que después determinar de hablar con Marta por teléfono, tropiezo con la planta que hay al lado de la mesa. Quizá tenga que esperar más tiempo, porque el amor tiene muchas caras y yo podría estar viendo la equivocada.

 

 

El último capítulo


Marcelina quiso siempre recordar. Quiso extender su memoria como aquella gruesa manta que su abuela Francisca utilizaba para cubrirla. Ahora ya era mayor. Se sentaba en la butaca desgastada a leer sus novelas que la ayudaban a olvidar.

Allí hace treinta años comenzó una de sus lecturas, esas que su principio no parecía tener fin, y comienzas a leer y leer para llegar al final y te das cuenta que no hay letras suficientes.

Marcelina desde niña tenía un sueño, esos sueños transparentes que luego se rompen con tan sólo tocarlos. Siempre recordó su sueño.

Sus manos ya temblaban sujetando las amarillentas hojas. Aquella novela la había empezado hace muchos años, y nunca había llegado al final. La daba miedo, escalofríos y en muchas ocasiones cerró el libro de golpe, llevando la vista a otro lado.

Allí sentada se transfiguraba en su juventud y recordaba a Aurelio, como la buscaba con su ansia característica por las calles del pueblo. Aurelio era alto, fuerte, de una familia muy humilde, campechano, trabajador, en ocasiones solitario, pero sobre todo era bueno. Lo más importante de todo era, que ella lo quería.

Siempre que Marcelina veía a Aurelio, su madre la decía:

-                     muchacha, ese joven te causa sofoco, es mejor que no lo veas.

Así eran los días, segundos inevitablemente largos, donde el tiempo se pegaba sino veía pasar a Aurelio por las calles, con sus manos morenas y su soledad haciéndole compañía. Aquellas manos con las que soñaba todas las noches, apoyando su cabeza en la almohada y las ganas de amarle susurrándole al oído.

Marcelina empujaba sus deseos hacia otro lado y todos los días se repetía lo mismo, “qué difícil es amar, y cuánto duele”. Nunca pensó que ese sentimiento la duraría toda la vida.

Pasaba poco a poco las hojas de aquella vieja novela que había comenzado a leer hacía mucho tiempo. La recordó la fiesta con Aurelio, aquella fiesta local que se celebraba todos los años el mismo día, el catorce de Julio. Esa fiesta donde la besó en la frente y la dijo que el día tenía sentido si pensaba en ella. Desde aquel entonces buscaba sentido a todos sus días y cuando no era capaz de encontrarlo escribía en la corteza  de cualquier árbol el nombre de Aurelio. Esto la servía para darse cuenta de donde estaba.

Ese catorce de Julio hacia mucho calor. Ella llevaba un sencillo vestido blanco por debajo de la rodilla, con un detalle de puntilla que dejaba entrever el color rosado de su piel. Aurelio una camisa azul apagada con pantalón gris ceniza. Nunca lo podría olvidar. Lo grabó en su memoria mil veces, repitiéndose a sí misma que nunca dejaría pasar ese momento.

Así fue, lo escribió en uno de los capítulos de su vida, como uno de los mejores días para recordar.

Alzó la mirada y se vio sentada en la butaca de siempre. Las paredes parecían más pequeñas y el tiempo había volado, se dio cuenta por sus manos rugosas. Ya era anciana. La quedaba poco para terminar la novela y palpaba con mucha suavidad aquellas páginas arrugadas donde se sentía bien, donde sabía que tenía mucho que leer, donde el capítulo final la daba miedo.

Cerraba los ojos y el viento suave del atardecer rozaba uno de sus mechones blanquecinos, se sentía joven. Recordó el día de su boda con Aurelio, aquel estupendo banquete de lentejas con chorizo, donde todos comían y nadie era capaz de hablar, como las horas parecían interminables y nadie se levantaba de las sillas y su ansia parecía estallar en un sencillo suspiro de ganas porque todos se fueran y la dejasen morir de ganas entre los brazos morenos de Aurelio.

Recordó la primera noche, recordó como puso en remojo el recuerdo para que no se secase en su memoria y nadie lo estropease. Recordó como se deshizo en mil pedazos cuando Aurelio la susurró al oído algo que guardó para ella como el mayor tesoro. Recordó perderse entre la piel de Aurelio, sentirse ligera, y tocar sus sueños con sus labios húmedos. Recordó como sudó de ganas y entre las sombras de una vela muy bien encendida perderse en la silueta desnuda, amarrada a Aurelio, donde se perdieron los dos en un mundo que les costó mucho regresar.

Marcelina lo guardó todo en su memoria y lo recopilaba en capítulos para sentirse orientada y segura de donde estaba. El tiempo la exigía rapidez, algo que ella no tenía.

Cerró su novela de golpe, la quedaba poco para el final, pero era algo que todavía no podía leer. Esa novela todavía no tenía fin. Ella era la protagonista de aquellas amarillentas hojas que la hicieron sentir tan feliz en tantas ocasiones. Su historia se estaba haciendo. Aurelio formaba parte de aquellos capítulos de amor tan bien recordados, donde toda su vida giraba en torno suyo.

El final quedaba por ver. Abrió el libro por las últimas páginas, estaban en blanco. Se acercó las páginas al rostro, olían a Aurelio. Con mucho esfuerzo se levantó de su butaca y apoyándose poco a poco en la mesa consiguió llegar a la alcoba. Todo estaba como siempre, tal y como ella lo había dejado por la mañana. Su fotografía de casada encima del cabecero, y su cómoda con los paños de ganchillo bien planchados. La fotografía de Aurelio encima de su mesilla, con el mismo marco de siempre, aquel que los regalaron cuando hicieron las bodas de plata.

Consiguió llegar a la cama, con sus manos huesudas se agarró al colchón y poco a poco se vio tumbada con la fotografía de Aurelio en su regazo, olía a hierba buena, azafrán y anís. Olía a Aurelio.

Suspiró.

Recordó a sus hijos, con pequeñas imágenes que su memoria dejaba salir en sus ojos. Este capítulo ya era de otra novela, de otro libro, donde tenían sus propios capítulos, y sus propios índices.

Aurelio dejó de ser personaje en el capítulo número siete de su vida, de su novela amarillenta, con dibujos de encaje. Hasta allí la vida la había dado todo. A partir de ese momento se quedó sola par recordar y sola para vivir.

Se amarró fuertemente a la fotografía como aquella noche de bodas lo hiciera a la piel de Aurelio. Cerró los ojos, fue cuando se dio cuenta que el final de su novela se estaba escribiendo.

 

 

 

 

viernes, 3 de mayo de 2013

Amores tardíos


 
Son en estas noches silenciosas, como el silencio de un autista engreído, donde atiendo el sigilo de la llamada de las letras, ese concierto elevado por encima del significado de expresar un subconsciente cansado, de rememorar las perplejidades de tu existencia. Me estremezco por dentro, y observo danzar el desfile de expresiones enriquecidas en mi cerebro, y una a unas disfrazadas con atuendos despoblados de amor, se hacen presentes frente a la vida. Es aquí donde comprendo la necesidad de tenerte, para plasmar y caminar junto con los renglones que más de una vez cubrí con mis antojos y caprichos, el amor tardío.

La noche es larga, pienso constantemente. El tiempo se detiene en los segundos de mi recuerdo, el recuerdo camina envejecido por los segundos de la ocasión, la ocasión es demasiado pobre para pagar el desorden de tu corazón, y tu corazón camina por espacios perdidos, y es aquí donde recuerdo de nuevo que la noche es larga, demasiado larga, y los instantes deseosos de apagar la luz y poner punto y final, y dejar el pasado como no venido o lo venido por pasado.

Se repita la misma sensación y no puedo eliminar mis dudas, en este momento siento la necesidad de amarte, y plasmar lo que nunca te dije, por mi cobardía orgullosa, y si acaso mencioné tales palabras, crearte en mi la represión, y esos términos se ahogaron en la intención de nacer, ahora recuerdo el amor tardío.

Demasiada claridad en los rincones de mi aposento, quizá descubran mis secretos más íntimos, quizá averigüen donde lo guardo todo, y hallen que realmente no tengo nada. Es triste pensar en lo que podría haber sido y no fue, en la realidad que lo cambió todo y en el sentido de verte morir, deshojando paso tras paso las inquietudes, las cuales me hacen sentirme transfigurado.

Cada otoño recuerdo la vida afirmando nuestro destino, en un martirio lento de vacilaciones y espantos. Las hogueras altivas, sobre la tierra prometida y esperada, cubierta por las doradas hojas ya caídas. Aquella inmortales llamas sacudían el arcano sólo y lozano en el aire de la vida. Después  detenerme y volver sobre mis pasos ya marcados, observo de nuevo la claridad de mi aposento, no soy digno de esa transparencia.

Me acongojo, siento que  mi corazón mengua por momentos, aturdido se encuentra, sólo y cansado de pesadumbre, desconsolado como un poeta cuando la inspiración no le surge, el cual vivió por la poesía, donde encontró el camino de la perfección, aquel Dios deseado y deseante que daba significado a la vida y a la muerte , a la satisfacción de expresar un amor traidor, una ternura dominante y una madre generosa, como un poeta que despierta de sus sueños más anhelados, creyendo que la poesía descansa a su vera, y al encender la luz descubre su tristeza. Me vuelvo a acongojar, esta vez más quebrado que nunca y aspiro el aire con suavidad y dulzura, y recuerdo  el amor tardío.

Son en estas noches desconsoladas para mí, donde te recuerdo, donde detengo el tiempo y me niego a vivir la vida sin ti. Son en estas noches, donde añoro tu figura, esos negros cabellos en combate con el viento, tu tez rosada deslizándose por los pómulos cargados de armonía, esos ojos verdes e inquietos, como las hojas tempranas de un almendro que al soplo del aire tiemblan. Recuerdo tu sonrisa, esas perlas luciendo en tus labios de color sangriento, que relucen en la confusión más innata. Así imagino que pronto estarás donde ayer hablabas y soñabas y hoy sin embargo no encuentro ni la huella. Son en esas noches donde ordeno con seriedad mis deseos, y te busco, y vuelvo a tocar lo que tú tocaste y siento tu aroma en el aire. Son en estas noches, donde la noción del tiempo no importa, y dibujo entre sombras el perfil de tu corazón, besado ya por  mis labios, empapados por la rememoración, así es el amor tardío.

M seguridad no me engaña, pienso con firmeza que cuando recibas mi carta, acosada por las letras, sabrás quien soy, me descubrirás ante el mundo que tan poco me comprende. Quisiera pedirte mi amada, una suplica pura y sincera, diez años han pasado desde mi ausencia, en los cuales  he navegado en la discordia, me he transportado desde las dimensiones infinitas al abismo de mi olvido, sin encontrar fortuna ni dicha que disfracen mi encarcelamiento, y pueda viajar por la fantasía de tu amor. He intentado desechar la idea que duerme en mi cerebro, representando que esta celda maldita, sigue siendo el aposento de mis alegrías.

Es mentira cerebro cruel, acompañante traidor de las noches de invierno, deja ya de mentir a las pobres sensaciones de tu cuerpo. Mi querida amada, he intentado trepar por los muros de más de mil piedras y mis pies parecen resbalar, he intentado desatar las rejas de mi ventana y mis manos parecen estallar en un auxilio, he intentado no volver a pensar en mi oscura retirada, he procurado vendar mis ojos con el olor fresco del alba, con las expresivas gotas que recorren las grietas de mi celda, pero es inútil, es tan pequeño espacio el que poseo que mis pies tropiezan el uno con el otro, y caigo rendido de no poder caminar.

No quiero ni pensar los acontecimientos que pueden haber ocurrido desde que marché por última vez, cuántas veces habrá llovido sobre los árboles, cuántas nubes viajeras habrán surcado los cielos, y habrán comentado con voz airosa sobre la desgracia de nuestro amor, cuantos jóvenes ambiciosos habrán hecho riquezas, quizá también hombres desventurados habrán cubierto tus pies de rosas y de preciosas joyas par tomar tu mano, que no tiene precio dentro de este mundo rival. Tú mi amada que culminas  mi vida de armonía serena, de opulencias incalculables y dejas paso a un amanecer distinto adornado con tu melodiosa voz, que es tan bella que sosiega la agresividad de las fieras, y toda la aldea se retiene alrededor de tu torre, bajo tus cabellos ya cepillados en el amanecer, y me admiran por poseer tal tesoro. No tengo palabras para expresar esas tardes, con el horizonte purpúrea y la brisa, una suave brisa que jugaba entre tu capa. Qué afortunado sería poder asemejarme a tal tejido para tocar tus espaldas, tu piel dorada, para ser abrigo de tu figura ilustre, y recorrerte de arriba abajo y perderme en el sentido de explorarte. En esas suntuosa fiestas de Corte, que orgulloso me sentía entonces, acariciaba la envidia desde arriba, esa sensación de mil ojos a tu alrededor, y yo te observaba con la cabeza en alto y los pies flotando en el espacio, y el tiempo se retenía en el instante de cruzar tus pupilas con las mías. Qué enfermedad es la que sufro que ningún licenciado de las mejores universidades conocen mi mal, qué extraños síntomas son estos que me retuercen por dentro, que no consigo encontrar el sueño, y no hay medicina alguna, ni siquiera bálsamos prodigiosos que puedan aliviarme tal dolor.

Que desafortunado me siento que no sólo pierdo la vida, esa jugosa criatura que descansa en nuestra alma, sino tu amor, aquí en carcelado por un crimen que nunca cometí, por un delito falso que cargo  en mis espaldas por la cobardía de unos rufianes. Hasta donde vamos a ir a parar mundo cruel, si tuviese una espada atravesaría mi cuerpo. Justicia penosa, amargura gigante. Que afortunado me sentiría viéndome colgado del  pedestal más alto, de un inmenso barco, antes de sufrir estas injusticias, estos penares.

Mi amada sino fuera por tu recuerdo golpearía tu cabeza con el muro más duro de mi celda hasta que me sangrasen las ideas para poder volver a tu lado. Criatura hermosa, no eres digna de un miserables como yo que te atormenta y no manda explicaciones. Un suspiro no es suficiente para pedir perdón, ni un pensamiento puro, ni un arrebato de cólera en el cual podría perder la vida, espero que comprendas el por qué de esta misiva. Ingrato mundo, no cesaré de decirlo, que desagradecido es el amor que viéndome sufrir de este modo no me concede la satisfacción. Cuándo llegará el guardián de mi enfermedad, para que corriendo como los vientos, atraviese las tierras conquistadas y entienda en tus humildes manos la correspondencia de un desamparado como yo. Si pudiera convertirme en pájaro, escaparía de mi amargura, y una vez fuera flotando, gozando de mi libertad bendita, no perdería ni un momento, no habría duda alguna de que camino seguir, mi corazón sería la veleta que me indicaría el norte, que es donde te encuentras, y abriría mis alas con tanta fuerza que dejaría el rastro y pasaría a la historia al como escape de mi celda maldita.

Oigo ruidos, sigilosos pasos se acercan donde me encuentro apresado. Si lo divino me otorgase la suerte que alguien liberase este indigente cuerpo, todas esas vacilaciones en mi cerebro serían pasado y el presente caminaría conmigo susurrándome al oído la presencia del futuro. Tales comentarios internos serían destruidos y pasarían a formar parte del mundo de los vivos. Vuelvo a oír ruidos, mi esperanza crece por momentos, la angustia se encoge por segundos, quizá algún mensajero, con carta de mi amada. El miedo se apodera de mí. Puede ser que el horror este presente en ellas, si es así, ni siquiera quiero leerlas, ni tocarlas.

Resígnate amigo y siéntate un instante en tu celda. Durante días completos, durante noches de largas horas has soñado con un momento eterno, han pasado tantos inviernos, que no eres consciente de la realidad. Han pasado tantos veranos, que quizá cuando salgas de esta prisión no recuerdes el camino por el que soñabas de niño, quizá tu amada haya contraído matrimonio con otro varón, y tu sin embargo durante diez años, cuando por tus oídos resuenan algún ruido piensas en tu libertad, que injusto es ser tan soñador y siempre tener alguna palabra o alguna explicación. Todas estas reflexiones se pasaban por mi cabeza, todos estos recuerdos caminaban descalzos por los torrentes de amargura de mi espíritu. Pero aún siendo así, no me cansaba de murmurar, de decir, de gritar, que mundo cruel que no me permite desojar mi corazón ante la vida, qué injusticia la mía, que en esa noche de primavera me hicieron prisionero sin tener culpa de ningún hecho, sin poder despedirme de mi querido amor, sin poder decirle que la vida es larga y aunque mis palabras vulgares y pobres, el amor es grande e intenso, sin poder decir que no tengo más remedio que cumplir mi condena injusta, pero aun saliendo de esta celda con la vejez a cuestas, me convertiré e n pájaro y volaré con los recuerdos d e mi juventud, y seguirá el amor encendido dentro de mi, porque es la única causa por la cual mi degradante vida tiene un sentido ante mí. Si pudiera asegurar que en vez diez años transcurridos, pudiera transformarlo en un sólo día de ausencia, volvería a su torre a oír su melodiosa voz, a observar su suprema figura ante mi mediocre cuerpo.

La realidad me golpea y vuelvo a grita mundo cruel. Ahora comprendo el amor tardío.

Descansaré por  unos minutos, y después cuando mi sorda tempestad se haya calmado, volveré a emprender la batalla, contra estos muros alevosos. Después de que mi ciego amor haya encontrado su nido para lamentarse de su tardanza, emprenderé la huida se mis presunciones, y con más sosiego escribiré mis letras, de una forma distinta, para que tus dignos ojos, no se lastimen de mi desgracia tan injusta.

Daría un mundo cubierto de bienes por poder observar una vez más la inocencia de su ser, que me cautivó desde las profundidades de un precipicio, repleto de desconfianzas ante el mundo. Tu mi amada decoraste con frescos colores esta vaga pintura que representa mi pésima existencia.

Daría mi honor por poder tocar tu casta piel, que me condujo a perder las inquietudes peligrosas de mi vida, reteniéndome en la pequeña jaula del amor, haciéndome olvidar y causándome noche tras noche los sueños que jugaban en mi lecho junto con tu imaginada presencia. Pero sin embargo, no dejo de pensar, de gritar, mundo cruel, que retuviste aun hombre cándido, dejándolo sin aire con el que poder respirar.

A pesar de mis secos llantos, mi amada, si la suerte nos concede una sazón, mis letras llegarán a tus humildes manos, si por el contrario el infortunio reinase sobre nuestros cielos, descansaré tranquilo, ya que he intentando gritar con potente voz mi amor por ti.

Moriré pensando en  i ingrata vida y en este mundo cruel y maldito.

Así pues te acordará un día de un amante muy extraño, que te besaba a distancia para  no hacerte daño, aquel amante que caminaba ente tinieblas, con las manos vacías, porque te amo tanto que todo ello lo escondía. Aquel amante loco que soñaba contigo en los  brazos de su sombra. Te acordarás un día de aquel amante ajeno soñador de horas lentas y  muertas. De aquel hombre lejano que surcó el olvido sólo para amarte. Aquel que fue cenizas de todas las hogueras, y te amo en prisión con el corazón encendido. Te acordarás un día del hombre indiferente que en las tardes de lluvia te besaba a ciegas, viajero silencioso durante sus suelos. Te acordarás un día de aquel hombre remoto, del que más te ha querido, entre promesas y riquezas. Te acordarás de aquel amante y a veces callaba y sonreía y esperaba una mirada abierta, para tener las noches ocupadas, soñando en recordarlas. Es aquí mi amada, cuando de nuevo recuerdo los amores tardíos.

El pintor


 
Era que se era porque algo fue o por lo menos a mí me lo contaron así. Las realidades se pueden describir de muchas formas, de tantas que es muy difícil escoger la más adecuada. Ahora, después de todo estoy dispuesta a contar la historia. Sí, esa historia que a cada uno de nosotros nos duele y nos escuece cuando oímos relatar en voz alta. A mí me es indiferente, a mí me da igual pensar que todo me escuece, nadie se muere de un escozor y mucho menos de una añoranza. La nostalgia la puedes disfrazar con los trajes que quieras, hasta tal punto que la puedes engañar y persuadir, y hacerla ver que el dolor se encoge guardándose en lo más hondo. ¡Qué más da! Que ese dolor esté perenne si aprendes a vivir con él. La nostalgia la puedes aparcar a la sombra de cualquier árbol y allí mirarla detenidamente, esa es la nostalgia de cada uno, la cual dejamos medio abandonada en cualquier camino, o cualquier sendero dentro de la memoria. De eso nadie se muere, o por lo menos ningún medico pone remedio a tal escozor. Sería, tan sólo necesario unos polvos milagrosos para poder girar la vista hacia otro lado y olvidarte de esa añoranza que va incubando dentro todo aquello que menos deseamos sentir. Pero como he dicho antes, nadie se muere de eso, o por lo menos nos han enseñado a creerlo así, o eso me he hecho creer a mí misma. ¡Qué más da! Esta historia tiene un principio fácil de escribir, pero un final de esos que todavía ni la propia imaginación se ha puesto a estudiar, porque no existe tal final.

El viento corría veloz de un lado hacia otro, intentando quitarse de encima esa humedad del ambiente que en tantas ocasiones le hacia estornudar. Las nubes se tocaban entre ellas con delicadeza y perseguían a ese viento generoso que a todos alguna vez nos ha despeinado y nos ha hecho caminar más despacio. Él acostumbraba sentarse en una piedra, de forma de plancha metálica y allí como el que no quiere la cosa, susurraba para su adentro aquel escozor tan grisáceo que le hizo abandonar y huir, como el ser más cobarde  que nadie se haya podido echar a la cara. ¡Qué más da! Que sea cobarde, con quién tienes que medir fuerzas o a quién se tiene que demostrar que se es mejor que cualquier otro. Él podía ser cobarde, haber huido y haber escurrido esa nostalgia, pero sobre todo era él mismo a quien tenían que rendir cuentas. Todos los días transcurrían con la misma tediosa armonía que habían comenzado y él sentado en la piedra daba de comer a su añoranza, imaginando que así engordaría y terminaría por reventar y alejarse de ella. ¡Qué más da!. Lo que pensara él. Lo cierto es que siempre llevaría la misma sensación, el haber huido de algo que tal vez no tuvo que huir. Pero lo cierto es que a mí me es indiferente. Paseaba todos los atardeceres por un camino donde se alojaban cortadeiras con sus plumeros bailando, y donde el espacio se reducía por su frondosidad. Daba cortos pasos levantando una ligera capa de aire de polvo que disimulaba haber sido levantada, porque con la misma naturalidad se volvía a poner en el suelo, se escondía y yacía de nuevo. Él levantaba otra capa distinta de polvo y volvía a dar otro paso y otro y otro y así sucesivamente y así caminaba sin prisas, dejando sus huellas a merced de aquel que las quisiera seguir. Con las manos en los bolsillos y un pequeño tallo de avena entre los labios, miraba y miraba de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Que puedo decir de él, sólo que recordaba el pasado con amargura y encogía el entrecejo para poder traspasar la barrera del tiempo y volver a vivir todo lo anterior, marcado por la pasión de no despertar jamás del sueño de la realidad. De vez en cuando giraba la cabeza hacia atrás y observando el camino pensaba que este era un  arenal que desembocaba hacia el mar, y buscaba las huellas de sus pies vagabundos. Se ponía a pensar en toda su existencia pasada y en un instante organizaba sus huellas antes que el insaciable viento pudiera con ellas. ¡Qué más da! Pensaba yo, que el viento o la lluvia o simplemente los años arrastren sus huellas, daba lo mismo porque nadie iría a verlas, porque ya nadie se acordaba de ellas.

Cuando regresaba a casa acostumbraba a revisar sus cuadros. Sí, él era pintor, pintaba cuadros de esos que sólo se reproducen en la memoria de cada uno. Cuadros repletos de colores, con alegrías que en muchos casos no se podían sentir. Yo me di cuenta que esos cuadros solamente los entendía él. Era un mundo secreto donde nadie podíamos entrar, donde solamente él poseía la llave. Esos cuadros donde más de una vez me impresionaron al verlos. Los disfrazaba con alegrías y disimulando su poder de creación dejaba la tristeza danzando entre el marco de cada uno de sus cuadros, entonces la garganta se me encogía y la carne de gallina florecía como una roja amapola en primavera. ¡Qué más da! Pensaba yo, nadie se muere de tristeza y mucho menos cuando está reflejada en un cuadro. Todo su arte eran retratos, y cómo no retratos de la misma persona, aunque con diferente gesto, con diferente mirada, en diferente momento. Reflejaba sus ojos oscuros mirando hacia cualquier punto, daba igual cual, simplemente miraba. Yo cuando los observaba me volvía bruscamente para averiguar hacia donde miraba ella, que punto del espacio quiso recoger él en tan pocas pinceladas, que instante o que sensación. Me enfadaba conmigo misma por no poder captarlo, pero sin embargo en la mirada de aquella mujer parecía haber un abismo, un hueco, de esos agujeros que temes introducir la mano porque tienes la impresión de que te vas a quemar. ¿Le quemarían a ella los ojos? ¿La mirada? O quizás era el espacio el que ardía. ¡Qué más da! Pensaba yo, da igual lo que arda. Estaba segura de que nunca me dejaría la llave para introducirme en aquel mundo, entre ese océano de colores y pinceladas. Nunca podría escurrirme por esos labios encarnados y saber todos sus movimientos, nunca me dejaría tocar aquel lienzo que parecía piel pegada en un cristal sin reflejos. Permanecía callada y mirando con mi pupila allí. Pupila cambiante que mientras recorría esa casa parecía estallar en silencios. Sin embargo permanecía deseosa que en cualquier momento me brindase la oportunidad de saber, y sobre todo la oportunidad de participar en tal caprichoso secreto. Estaba segura que en el fondo de todo esto la verdad le hacia libre.

Yo sin embargo, seguía pensando, nadie se muere de eso, nadie, si siquiera aquella persona que desea hacerlo, porque si por un casual nos pudiésemos morir de eso, el abandono de la raza humana sería total, tal total como un explosivo que tiende a estallar y saltar por los aires. Nadie se muere de sentimientos por muy puros que sean estos. Que tontería el pensar que a lo mejor, en un supuesto, el corazón sería como esa bomba, ¿cuándo estallaría? Nunca. La sociedad nos pondría otro,, bien de metal, bien de cerdo, pero muy por seguro nos pondría otro, para seguir generando ganancias e hipocresías, para permanecer, para ser fuerte, para salvar algo que ya está abandonado, hundido, destruido, derrotado. Nadie se suicida por nada, tan sólo cuando su mente, su pensamiento ha extraviado por error su orientación, pero nadie consciente se quita la vida por nadie. Es demasiado cara, hemos consumido bastante de la sociedad como para permitir irnos sin dejar beneficios a esta. ¡Qué absurdo! Nadie se muere sin permiso social, sin pensar que la aprobación de los demás es positiva. ¡Vaya que lastima, se ha muerto, pero cuántas cosas hizo, que buena persona era! ¡Cuánto trabajó! Eso el trabajo, la producción, el consumo, la locura, la sociedad errante aglomerada como una madera pesada, que nunca flota porque le faltan muchas cualidades para salvarse de las aguas de la ironía.

Ni siquiera el de corazón más blando adquiere la propiedad de fingir, de llorar por alguien, de lamentarse, de ser antinatural. ¿Qué sería del hombre sin sus costumbres sociales? Nada otro animal más en abandono, como un perro en periodo estival, cuando camina por una carretera, con las orejas en alto esperando un silbido que nunca llegará, y con la lengua fuera de pena y de vergüenza. Sí de vergüenza por haber querido a alguien, a un dueño a cambio de un hueso de las sobras del cocido. El hombre estaría igual o peor, porque nadie le daría un hueso, ningún trozo de carne, sólo la evolución, que le llevaría a darse cuenta de lo mucho que sabe y lo poco que entiende. Ese es el hombre racional e inteligente. Ese es el hombre que dejó atrás las tribus, las chozas y la caza con flechas para matarse lentamente en chozas de cemento y pilares. ¡Qué inteligencia!

Eso era lo que pensaba, pero que más da, si dentro de aquel gran secreto no me dejaba introducirme, ni siquiera permanecer y existir como una simple pincelada en cualquiera de sus cuadros. Incluso me hubiera conformado con ser una pobre sombra de fondo, de aquellas sombras que muy pocos ojos aprecian pero que sin embargo existen.

Los días continuaban siendo tan singulares como necesarios. Muchas tardes era yo quien con un pequeño tallo de avena simulaba ser él, entre las cortadeiras, para imaginar todo aquel mundo que se escondía congelado en su mirada. Me preguntaba las pesadas razones que le habían empujado a llegar a ese lugar, lugar de silencios y adioses, de despedidas nunca pronunciadas y de alucinaciones deterioradas en cada pensamiento. Que le habría hecho retirarse a ese cementerio de personas errantes, que en este caso por mucho viento que hubiera ni siquiera lo hubiese preguntado con esa ingenuidad fresca de aquel que espera una respuesta perfecta, tallada ya en su capricho. Lo peor era que no reunía el valor suficiente como para decirle nada, y entonces callaba y callaba hasta tal punto que tan sólo escuchaba mi propia respiración que me aprisionaba el, pecho y la vida, por no poder despegar los labios. ¿Por qué no habré nacido instintiva?, sí, instintiva como todo lo que me rodeaba, lo cual se desarrollaba sin permiso de nadie, y existe sin temor ninguno. Yo podría haber sido aquella mujer que cada momento se paraba a mirar y la pintaba de mil formas diferentes, distintas. ¿Quién sería ella? ¿Qué rastro tan profundo había dejado en él que se reflejaba como una verdadera obsesión? No podía llegar a imaginar su existencia sin ella, pero al mismo tiempo me escocía como una herida abierta y poco curada. Pero, ¡qué más da! Nadie se muere de eso, ni siquiera de un deseo, ¡qué más da! Pensaba yo. Pero sin embargo asomaba mi cuello por la ventana, cuando todavía el Sol estaba escondido, para verle pasar con su caminar solitario y su avena entre los labios. Me asomaba sin querer asomarme, para posteriormente reprocharme mi estupidez y mi atrevimiento de violar algo que tan sólo le pertenecía a él, que tan sólo él controlaba y gozaba con ello; su imaginación. Algún que otro día el pensamiento se despertó más rápido que un rayo y sin ser consciente hice intenciones de seguirle, de pisar otra vez sus huellas, otra vez, antes que el viento. Pero entonces callaba y pensaba, pensaba y callaba y me reprochaba, ¿por qué no habré nacido instintiva? Instintiva, sin percatarme de las razones de mis actos, ni de mis movimientos, para haber podido ser yo misma y haber podido abrir la boca y articular los labios sin miedos ni temores.

Pocas veces hablaba con él, permanecía inmóvil como si los días no dejaran surco en la vida, como sino le importase envejecer  de aquella forma, como si la única razón comprensible de permanecer y estar, fuera la observación de sus cuadros. En raras ocasiones me atrevía a arrimarme a él. Cuando entraba a su casa, cuando atravesaba el umbral de su puerta con la respiración entrecortada, sentía pánico de  pensar que pudiera darse cuenta de mi inseguridad ante su presencia. Entonces con un breve y musitado saludo comenzaba a observarlo. Él siempre dejaba la puerta abierta y yo entraba como una ráfaga de viento. Casi nunca me preguntaba las razones de mi visita, tan sólo me sentaba e intentaba acaparar con mí mirada todo lo que nos rodeaba y sobre todo y con mucho cuidado lo miraba cuando estaba completamente segura de que él no se enteraría. Pero no sé por qué extraña razón siempre o casi siempre se daba la vuelta bruscamente y fijaba su mirada en mí. Se había percatado, le estaba observando. Esos momentos hubiesen sido perfectos para hacer cualquier pregunta, sin embargo permanecía callada, él salía a la calle y yo me quedaba acompañada por sus cuadros, acompañada por aquella mujer con piel de terciopelo y vista perdida. ¡Qué más da! Pensaba, nadie se muere de esto, nadie es tan estúpido como para dejarse llevar por un sentimiento. ¡Qué más da!

Pasaron muchas noches, noches en las cuales yo repetía lo mismo. Asomaba el cuello por la ventana y le observaba caminar, observaba como se perdía en la bruma de la oscuridad. Pasado unos minutos sólo me imaginaba su silueta andando con su avena entre los labios, me sentía triste, apenada, impotente, me sentía como ese perro que no le quiere nadie porque es una molestia, porque hay que darle de comer. Yo en aquellos instantes sentía hambre porque me sentía vacía, y me repetía constantemente nadie se muere de eso. Nadie, aunque seas una naufraga en alta mar, hay que saber llegar a la orilla se tarde lo que se tarde. Eso era lo que yo buscaba, mi orilla, para estar allí y no moverme, pero aún me quedaba mucho por nadar porque ni siquiera veía tierra a lo lejos .Una noche oscura donde la Luna había pedido permiso para marchar, salí a la calle y comencé andar por el camino de cortadeiras. No tenía miedo, esa noche no lo vi pasar por la callejuela y pensé que no había salido, pero cuando pasaron unos cuantos minutos me di la vuelta y percibí su sombra enfrente de mí. Se acercó un poco y sonrió con cierta complicidad, entonces yo continué andando tras él, recogiendo sus huellas, perdiéndonos de esa manera en la noche. Nadie se muere de eso, pero lo cierto es que yo después de ese momento creí enfermar por él. ¡Qué más da! Pensaba, a lo mejor dentro de muchos años sea yo quien esté dentro de uno de sus cuadros. Los días transcurrieron y como sin darnos cuenta los años volaron. Después de todo este tiempo yo soy quien pinta cuadros. Soy yo quien da pinceladas a un lienzo en blanco para intentar buscar su mirada en el recuerdo.

Cierto es que nadie ha encontrado ningún remedio para esto, pero dentro de esta enfermedad que poseo cada día vuelvo a recordarlo dentro de mi nostalgia. Le vi envejecer entre las cortadeiras y cada noche pisaba sus huellas y cada vez me contagiaba más de esa dolencia, la cual nos hacia perdernos en la oscuridad. Nunca supe quien fue aquella mujer de los cuadros, jamás encontré momento para preguntárselo. Ahora comprendo que nadie se muere de eso, pero lo peor de todo es quedar mutilado, o con las manos atadas y no poder hacer nada más que permanecer quieto, y no poder vivir de la misma forma que antes porque ya estas  tocado. ¡Qué más da! Si nadie se muere de eso, sin embargo yo enfermé de tristeza, nostalgia y deseo. Hubiese preferido la muerte antes de enfermar por el pintor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mientras el trébol duerme


 

22 de Julio de 1938
 

Si no supiera que puedo morir no escribiría ninguna línea. España llora y con ella mis ánimos se dejan caer en el suelo. En un suelo que parece sucio y pobre. Está rojo. Todo parece tener un precio y mi vida es barata.

Hace calor. Todos duermen, o por lo menos eso parece. Mis miedos me ahogan la garganta y me dejan sin saliva.

Esta tarde estuve en Mequinenza, lo vi de refilón, como cuando el aire te sopla el pelo. Hubo un momento que pensé que estabas aquí, destapando mis ojos y dejándolos libres de dudas. Me hubiese gustado que oliesen el aire húmedo del Ebro. Todavía es fresco, aún se puede tocar. Pasamos por una finca que los almendros estaban cargados de frutos. Me vino a la boca el sabor de tus labios y pensé que me volvía loco, loco de miedo, loco de ganas de escupir el dolor de ver morir, de ver una tierra enrojecer y darse la vuelta como si fuese su color original.

Estoy en el XV Cuerpo del Ejército, en la División 35, al mando de Manuel Tagüeña. Aquí todo el mundo parece saber lo que se hace, nadie comenta nada y las horas parecen desfilar como fantasmas por delante nuestro, burlándose del recuerdo y de la tristeza de cada uno. Nadie parece tener miedo de los días que nos esperan, de lo que puede suceder, de que este aroma suave y fresco del Ebro se torne lóbrego y denso, y no seamos capaces de salir del fango por salvar algo que no sé muy bien si hay que salvar.

España se arrodilla Milagros y yo con ella. Me arrodillo de temor y de nostalgia, de angustia y de añoranza, de pensar y pensar en aquellas tardes en los Olivos, de aquellas tierras agostadas al final del verano, con ese olor a campo que me llegaba dentro y me dejaba sólo en un pensamiento único. Vivir.

Tengo veintidós años y no tengo nada, y lo peor de todo es que no sé si lo voy a tener. Hay días que me miro en el espejo y me veo más mayor que nunca, con arrugas y con la cara deformada, cierro los ojos y lo veo todo rojo, oscuro, y el sabor de mi boca se hacer amargo. El frío cala mis huesos y es cuando despierto del todo y me doy cuenta que estoy frente al barracón, que hace días que no me aseo en condiciones y que mi ropa está sucia y pasada. Me miro las manos y me escuecen por dentro, tengo que lavarlas antes de que sepa que han podido hacer algo malo. No valgo para esto Milagros. Tengo miedo en el alma y no sé cómo decirlo, ni cómo disfrazarlo para que no se den cuenta. El Ebro me ahoga, me parte en dos, como a España, como a mis manos que se retuercen de dolor, como a las hojas del trébol que están partidas hasta el fondo.
Hay noches que no quiero imaginar qué pueden pensar aquellos más jóvenes. Han alistado a niños, a niños que se muerden las uñas de pánico y de impotencia, de no saber dónde van a dejar sus lágrimas cuando no encuentren el delantal de su madre.
Esta noche, todo me viene a la cabeza y tengo que ordenarlo, tengo que dejar claro qué estoy haciendo aquí, escribiendo mientras el trébol duerme sus hojas y las deja caer con un dominio maestro. Tengo que pensar que mañana el día olerá distinto y mis ánimos estarán más hundidos que nunca. Tengo que saber que el tiempo que me quede por estar aquí pasará lento y amargo. Se me secará la garganta de golpe y las manos se arrugaran como pasas, pero tengo que pensar que detrás de este cuadro que se dibuja confuso y feo estás tú.

Mi madre me dijo que pensara en los días que teníamos comida y el viento soplaba suave en la ladera, que pensara que hubo momentos mejores y que posiblemente se volverán a repetir. Mi madre sabía lo que se decía Milagros, me daba ánimos para hacer algo que sabía de sobra que no iba a poder hacerlo. Ahora, esta noche me gustaría estar delante de ella y decirla que la vida es otra cosa, que no puede perder el tiempo en oler el frescor del Ebro, mientras se marchita mi vida. No puedo estar sentado en un puñado de tierra que no la tomo como mía y que me da miedo cogerla, que no puedo mirar con mis ojos a las personas que caminan por la calle y tener en la cara escrito un texto que no pueden leer.
Nos están engañando Milagros, después del aislamiento de Cataluña todavía se creen capaces de algo, de cambiar lo que ya está hecho, de llegar donde nadie ha llegado, de morir por algo que no sabemos y de volver a ver el suelo rojo y el cielo gris.
El viento huele a pólvora y España hunde su orgullo en el recuerdo de tiempos mejores, de volver a lo que éramos, de recuperar algo que se ha sentido perdido de hace años. Tengo que confesarte Milagros que el tiempo es monótono y cansino, y que creo que todavía quedan muchos días para que pueda escribirte otras cosas.
Mira a ver si puedes ver a mi madre y decirla que estamos amarrados a la orilla del Ebro esperando órdenes, pero que la cosa pinta un poco fea y que posiblemente nos quedemos aquí hasta pasados unos días. No la comentes nada de mi miedo, no podría imaginármela haciendo su mueca de mitad sonrisa para tornarse de pronto en un llanto cansino que te corta la respiración.
No quiero que moje la pestaña tan pronto. Ya tendrá días de sobra para hacerlo. No la digas nada, no comentes nada. Sólo piensa que cada noche que salgas al balcón y el trébol duerme, estaré a la orilla del Ebro, respirando el frescor de un nuevo día.
Han pasado muchos años desde que el papel de esta carta llegó a mis manos. Hoy está amarillento por el paso de todo, ya no solamente por el tiempo, sino también por la vergüenza, la ironía y el olvido de muchos.
Soy una anciana con un solo recuerdo en mi mente. El Ebro. Fui a Zaragoza hace unos años en compañía de mis hijos y no tuve más remedio que mirar a este majestuoso río como se merece. Con admiración y sorpresa.
Me pareció verle allí, con su espalda recta intentando disimular el miedo a todo y las ganas de vivir sabiendo que no lo iba a hacer. Culpé a mi edad, culpé a mi dolor y a mi rencor.
Aprendí a que tenía que tejer mi vida con otra lana para poder arroparme de la vida como fuese, pero nunca imaginé que seguiría sintiendo frío.
Mi silencio ha sido muy sonoro y no he tenido la oportunidad de decirle a nadie que quizá se confundieron y dejaron escapar algo más valioso, vivir.
No culpo a nadie. Todos somos culpables de algo que ya no se puede cambiar, sólo se puede recordar y aprender. Mis hijos me dicen que el tiempo hace que las heridas curen, pero no saben, como es normal por su juventud, que nunca desaparecen, siempre están ahí, como un recordatorio dentro de cada uno que te hace sentir diferente. Yo soy diferente. He sentido frío a lo largo de toda mi vida, y mi recuerdo se quedó helado el 22 de Julio de 1938. Para mí no hubo deshielo, era imposible. 

 

Hoy es 15 de Agosto de 2007, he paseado por un corto espacio de tiempo por las tierras agostadas y me ha venido a la garganta el sabor de la almendra. Sólo me queda esta noche volver ver dormir al trébol, porque mientras que él duerme el 22 de Julio del 38 se hace cada vez más cercano y sólo me queda esperar sentir el frescor de un nuevo día.