Mostrando entradas con la etiqueta Prosa poética. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Prosa poética. Mostrar todas las entradas

viernes, 2 de septiembre de 2016

Te hiciste madreselva.



No ha quedado más que la madreselva, esconde entre los brotes el mutismo  y el sigilo de imaginar que la madrugada brotará con la canícula de los candiles. Se estira tanto que los ángulos se llenan de escasas redondeces donde guarecer lo cauto.
Decir que aflige el destierro es no descubrir el adjetivo para ataviar los milímetros desvalidos que arrastra el tiempo con sus cadenas invisibles.
La madreselva desprende savia, su lozanía y su razón loca entierra el hueco que parece menguar en los sueños, donde el crepúsculo no tiene piernas ni cuerpo, y el roce es un choque inexorable de verdad e inquietud.
Decir que hoy muere el tiempo es desnudar al segundo para componer harapos de horas mortecinas y perennes.
Sin la madreselva lo eterno es  un disfraz que arrastra y pesa. Sigue creciendo entre las rocas, sobre la espuma del ayer, entre las aguas que bañan el tronco; rompen el dolor en constantes cristales perpetuos, en los montes de arcilla y ríos, sobre los senderos ocultos de barro hinca las raíces y pierdes la conciencia, la cordura.
 He tenido que salir del mundo por miedo a caerme de los deseos y morir en la peor de las pesadillas;  que el desierto crezca en la palma de mi mano y las dunas cubran con su velo arenoso las redondeces, los minutos, los riachuelos y la Luna sea tan sólo un grano más de esa arena que me deja ciega.   

martes, 12 de mayo de 2015

Y tendré que nombrarte para vestirte...


Y tendré que nombrarte para vestirte…

Raquel Viejobueno.

 

Nombrarte entre los cerezos y las líneas divisorias del viento, nombrarte sobre el espesor de una mañana, entre los susurros del trébol y la luz invisible, nombrarte más allá del nombre con sus adjetivos comunes y sus epítetos que callan entre la vergüenza y las ganas, eso, todo eso, no tiene nombre, sólo poder.

Nombrarte en la palabra que desdibuja la silueta transfigurada entre olores de café y melancolías desnudas, y sin nombrarte, solo cayendo desde el vacío de la lluvia y la ausencia de los pliegues detenidos, me he vuelto loca de recordarte, y no logro nombrarte para no dañar la cima de tu cordillera, ni las rocas que tatúan tu nitidez…

Y es el silencio consumido en un grito quien me dice que debo hacerte nacer de mi boca, cincelando tu nombre para nunca perderlo…

 

domingo, 29 de marzo de 2015

Edificar mundos.




Edificar mundos imaginarios, sin arena ni agua. Crear más allá del retroceso de uno mismo.
Dejarse caer, para no volver nunca, sólo hecho de recuerdos e imágenes, que posiblemente nadie sepa distinguir, entre el claro oscuro de una memoria.
Dejarse caer al vacío que todo lo envuelve, no es dejarse vencer. 





jueves, 6 de noviembre de 2014

Eso eres para mí, letra que duermes entre la soledad y el precipicio...




Dignificar la vida con tu figura es una lucha constante entre necios y absurdos. Hacer que la realidad no duela cuando danzas entre líneas y bordes, es creerse un gigante entre pequeñeces, pero es todo así, lo único que existe, que hay, es esa luz que ilumina la estancia indefinida por el caminar de todos los días. Fingir o fingirse alguien ante la muerte del sonido de tu vestido, es pensar que tras ella hay un espejismo de color de rosa, cuando sólo navega la nada entre luciérnagas, ya apagadas.

Dignificar mi existencia con tu presencia que susurra, es crear todo lo que pueda moverse por sí mismo, eso eres letra, duermes entre la soledad y el precipicio, y aun así, todavía me cuesta entender el destino de tus pasos…


Raquel Viejobueno

viernes, 20 de junio de 2014

Indivisible, vencible e invisible

Indivisible, vencible e invisible.



 Da igual cuántas veces maquille mi rostro, o ponga sombras a mis miles de miradas. Es indiferente como escape de noche o como el día llore insomnios y locuras. No puedo dividir los tiempos que agonizan, y me han vencido las máscaras de ironías y silencios. Soy invisible, aún con un perfil sepia, allí, se pegan los gritos al hueco. Cuan pequeña es mi sombra, distorsionada, hecha de piedra y cal, que aun siendo de roca, es polvo para aquel mudo de vista.

 Invisible, como una ortografía mal compuesta a los ojos del que no sabe leer.



Raquel Viejobueno

miércoles, 31 de julio de 2013

Lo que cuesta nacer todos los días.


Se descorren las cortinas que no dejan ver, tras los cristales, no hay más que un harapiento que camina sin pies; soy yo, la sombra murió en el primer latigazo de vergüenza. Puede ser el camino un lugar donde abandonar la maleta y soltarse el pelo. Cenizas que cubren las manos y hacen siluetas de imágenes. Tengo que morir de las mejores formas, llevándome a la vida conmigo, y que cosquillé, de nuevo, las ganas de estar. Son espinos los que tapan mis dedos, y ha sido una sábana de cadenas quienes han atado mi dolor. 

Quizá me haga años, y alguien despierte la letanía envejecida para recordar el asombro de un momento. Oigo al otro lado del muro, donde las gaviotas se llevan mis huesos y me recuerdan que la felicidad es un tatuaje donde descansa la piel. Hambrienta, estoy hambrienta, y aun así digo que sobre el castigo y el abandono no se puede comer, mientras los otros se mueren de miseria, y son los nidos mudos quienes sacian mi calor, y espolvorean el sentido en locura pasajera. Hoy no ha amanecido, mi tenacidad es una marioneta haciendo mimo sin público. Nadie deja ninguna moneda, que pueda socorrerme de la innecesaria forma de caerme. Nunca debería haber nacido, y pisar una tierra que no es mía. Que resuciten los tiempos pasados para morir en mi nacimiento y no estar nunca.

He perdido; un batallón de congojas viene dispuestos a llevarse lo único que tengo, la esperanza que mis ojos mañana vean otra acuarela, en este cuadro de irrealidades

martes, 7 de mayo de 2013

Valdés y yo

Continua la vela encendida, la mano enhuesada no ha tocado mi tierra de piel. Danza el clamor mudo  abandonado a la  orilla del labio. Se ha mudado la vida, donde la frontera con la muerte tiene varios espejos. Mi reflejo deforme, me hace ver la mentira y el fracaso, es un ictu oculi de dolor y lejanía. Hoy es la ausencia la que arde como un matorral en llamas de hielo. Se ha detenido todo, se han quedado mudas las plañideras del dolor. Es mi entierro un lapsus de melancolía disfrazado, y no soy yo quién viaja con la Dama, a las  afueras de Dios. Quedo expuesta a la viva muerte de peregrinar en tierras de nadie. 
Silencios. Todo silencios. 

Raquel Viejobueno.

sábado, 4 de mayo de 2013

Leve, pero roce...


Un leve roce del piano callado, un diminuto momento de las ansiosas teclas por desvanecerse, han hecho que robe un segundo de miles de años para volver a componer mi música. La retenida gota que oxidó las cuerdas, ciega al ojo vago que todo lo mira.

Prosigo mi huida con la danza sin partitura, y es que tras este silencio de dedos encallados por componer, los violines han quedado presos del miedo.

Todavía existen orquestas que tocan en el seco océano, aún debe haber una mano que haga sonar el timbal de la mudez…

Raquel Viejobueno.

Mariposas


Ya han salido, vuelan a través del visillo, consigo llevan la última noche. Las mariposas se llevan los días, las horas…sólo queda un verbo que nos conjugue. Seremos pausa, puntos suspensivos en una frase que no se atreve hablar. Hay voces dormidas que llevan el despertar en su letra.

 

In memoriam


Estoy de puntillas al borde de lo pequeño, donde nadie pudo regresar, en ese lugar estoy atrincherada en monte inmenso. Claro que no soy agua que se evapora, pero sí rocío de aquel instante de fuegos y sensaciones. Soy memoria de aquella voz dormida. El mapa del tiempo se muestra ciego y pobre, le he puesto ojos. Nadie quiere ser tomillo ni jara llorosa, y la tierra gime. El aire habla, cuenta, dice y se refugia en mis tejidos de colores.

 Después de cuatro mil quinientos años, volvemos entre caminos de polvo, huellas, allí llené mis alforjas de rumores del pasado.

 Soy tierra, bandera blanca de paz, monte, horizonte… siempre in memoria de aquellos que no pudieron decir, sólo callar.

 Conseguí volver del otro lado…

 

Imaginaria


Hay un zumbido que provoca abandono en algún paraje del pensamiento. Las arboledas perdidas queman sus últimos días en la escasez de futuro. Han puesto jaulas, aquellas aves que un día cantaban al alba, hoy son sombras, vagabundos que arropan los sueños en cartones de cristal. Al borde, en la línea, sobre un hilo, he encontrado un leve ruido que desprende gritos. La lluvia se ha secado, el viento no camina, el cielo se ha caído y moribundo reza a un Dios que gira el rostro. Sólo se ven los nidos en soledad en la alameda, junto al río, espejo que dio de beber a las ilusiones rezagadas. Después de todo, sólo hay que volverse loco para despertar a la cordura del espejismo, a la imaginaria, para creer en la arboleda perdida...

Imágenes difusas


Recojo mis imágenes difusas, a fuerzas de creerlas reales. Cuán estafa es la vida que soñamos que existimos. He visto pasar mi niñez sobre dunas, iba sedienta. Fui cántaro donde bebieron  las palabras secas. Gota que permaneció intacta a la caricia de la lluvia.  Ahora que alguien me empuje al duelo de conocer otras tierras, antes que el día me descubra y sepa que no existiré más...

 Imágenes, sólo reflejos de una vida que anochece sigilosa, y sutilmente en la palma de mi mano.

Que me encuentren amando y arrullada en el monte de hinojo, donde me perdí desnuda de pinceladas y melancolía.

Y amontono entre mi cabello hebras de un aire nuevo.

 

 

Fíjense


Fíjense en mi mirada, en aquella que postrada está en mi cabecera. Allí existe un péndulo detenido. Nadie puede volver acariciar la arena  donde muero cada día, ni aquellos caminos labrados de huellas impolutas.

Fíjense en mi piel, ya han pasado siglos de ese pudor estancado en la yema de mi dedo.

Miren a la fotografía, allí vive un espejo que no refleja ni el campo de batalla ni el bosque de secuoyas.

Fíjense bien, porque hay destellos que apagan la razón…

Entre las líneas y otros


Soy aquel asombrado segundo que intenta escapar del tic tac del péndulo que nunca se detiene. Sobriedad en la monotonía retenida del minuto aullador, y hora, en este ahora que frena el reloj de hogueras y hielos. Llevo un traje tejido de días y en el bolsillo los milenios del que cree poseer el instante encerrado en una botella. Ebria del néctar del hoy no puedo parar el eco del instrumento que va recogiendo mis huellas.

Oquedades en mi falda de madera, cobre en mis brazos de segundero, donde soy lenta en la rapidez del momento. 

Hay líneas indivisibles que llegan al límite, a marcar la diferencia de ser humano o fantasma de necedades.
 Me asombro y retengo ante los acantilados de mi suicidio, única oportunidad de escapar de la demencia.
 Una manada enfurecida desea atrapar el maravilloso sentido de existir.
 Estalla el volcán y con los ríos de lava asciende a la bahía donde soñamos.
 El pozo se ha quedado seco, aún a pesar de los torrentes...

viernes, 3 de mayo de 2013

Es esta noche


 
Es en esta noche de silencio, como la mudez de un mutista, donde atiendo la llamada de las letras, ese concierto que suena por encima de mis posibilidades. Es hoy, y no otro día, donde el abrir y cerrar de los ojos es un pestañeo detenido, un río sin agua buscando su cauce. Llega nocturno, y siembra atmósferas en la última frase que callo y retengo. Es hoy y no otro día cuando las palabras no son arrastradas por el viento, sólo sedimentan el recuerdo. Ni un silbido sin aire es capaz de producir el eco de cada frase que queda incompleta.

Es en esta noche.

Escucha


Hay un niño que muere en el segundo que nos hartamos a vivir. No tienen sombra, se la robó el buitre que va con esmoquin.  Lleva una caracola en sus manos enhuesadas.

Escucha.

Llueve dentro de ella, son fantasmas burlándose y cayendo al vacío de siete pisos de inconsciencia.
Huesos y alevosía.
Suena el mar en la mano inocente, ruge el hambre en las entrañas. En los ladrillos del rico cuelgan geranios artificiales.

Ese niño me ha roto la mirada; muda, ciega y rota no consigo coger mis pedazos de vergüenza.
Diminutos cadáveres alzan sus yemas a un Dios ciego.
Se ha muerto el mundo, el hombre que creí en él, era una marioneta en venta.
Miseria, dolor, llanto y condena.

Escucha.

La locura me ha vuelto demente y ese niño anida en mi memoria, caminaba sin jaulas, sin grilletes.
Llueve dentro de la caracola, donde el mar se ha detenido a llorar y el niño come un pastel de lágrimas.